
Washington, D.C.— Donald Trump entra al salón de conferencias con esa seguridad que lo caracteriza. Una mano en el saco, la otra gesticulando con firmeza. Sabe que cada palabra suya es un golpe que sacude mercados, cancillerías y economías enteras.
“El 25 por ciento sigue adelante”, dice sin rodeos. No hay titubeo en su voz, no hay margen para la negociación. Frente a él, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, lo observa con la media sonrisa del diplomático que lo ha visto todo.
El magnate neoyorquino convertido en presidente no necesita papeles ni asesores que le dicten el guion. Él manda. Él decide. México y Canadá, sus vecinos, sus socios comerciales, han tratado de detenerlo. Pero Trump ya lo dijo: los aranceles entrarán en vigor el 4 de marzo.
Claudia Sheinbaum, la presidenta de México, movió fichas. A inicios de febrero anunció el despliegue de 10.000 elementos de la Guardia Nacional en la frontera norte. Una jugada calculada. Un intento de calmar las aguas.
Mientras tanto, Marcelo Ebrard, secretario de Economía de México, cruzó el Río Bravo. En Washington, se sentó frente a Howard Lutnick, el secretario de Comercio estadounidense. Las cámaras los captaron sonriendo, el lenguaje diplomático hablaba de “diálogo constructivo”. Pero Ebrard sabía que lo que estaba en juego no se resolvía con discursos.
Trump, en su estilo, lo deja claro. Los aranceles van. No hay vuelta atrás.
El salón de conferencias queda en silencio. Los mercados tiemblan. Y en México, el reloj sigue corriendo.