Culiacán, Sinaloa.– El calor aplasta, como si lo bajaran en costales desde el cielo. Treinta y tres grados. Y sin embargo, la atmósfera no ardía por el sol, sino por la pregunta que mordía en la lengua de todos: ¿qué decía la presidenta Claudia Sheinbaum del hijo de “El Chapo”? ¿Qué rostro pone el poder cuando el pasado llama desde una corte extranjera?
Llegó puntual. Inauguración de una sala para niños quemados en el hospital pediátrico. Y sí, había fiesta. Porras. Niños. Pancartas con exigencias. Y hasta globos. Pero no era eso lo que pintaba la escena. Era el rictus. El gesto. El semblante.
A su lado, Rubén Rocha Moya –el gobernador de Sinaloa– caminaba como arrastrando pensamientos que le pesaban en los hombros. Saludaba, sonreía a medias, pero bajaba la mirada una y otra vez, como si de ella intentara huir.
La presidenta lo sabía. Se le notaba en la mandíbula apretada, en la tensión que le dibujaba las sienes. Le dolía el momento. Y no por incomodidad política, sino por el peso de la historia que le había tocado cargar. Porque ese día, allá lejos, en un tribunal norteamericano, Ovidio Guzmán –el hijo de la leyenda, de la sombra, del mito y del crimen– había dicho: culpable.
La gira no estaba prevista para este motivo. Pero el destino no manda alertas. Y al llegar al hospital, entre cámaras, micrófonos y teléfonos alzados como lanzas, le preguntaron por El Ratón.
—“Terminando la reunión nos organizamos y les contesto sus preguntas”, dijo Sheinbaum, sin levantar demasiado la voz. Pero en la frente se le formaban líneas como surcos. Sus ojos, por un segundo, se apagaron. Apretó los labios. El equipo de logística de Presidencia se movió rápido. Hubo que improvisar una conferencia, fuera de protocolo. Rara vez ocurre.
Los periodistas, curtidos, decían bajito: “esto es inusual”. No lo era tanto por la improvisación, sino por lo que estaba a punto de decirse.
El auditorio del hospital parecía más chico con tantos funcionarios, cámaras, tensiones. El director del IMSS-Bienestar tomó la palabra. Habló de camas, de atención médica. Sheinbaum asentía, pero era claro que pensaba en otra cosa. Y Rocha Moya, de nuevo, bajaba la cabeza.
Finalmente habló la presidenta. No fue con rabia, ni con furia. Pero sí con firmeza. Cada palabra era como piedra colocada con cálculo.
—“Es un asunto de la Fiscalía. No del gobierno. Esta persona tiene una orden de aprehensión en México. Fue extraditado. Quien hace esto es la Fiscalía General de la República, no el gobierno”, dijo, marcando con pausa la distancia institucional.
Luego, una línea afilada como daga:
—“Son declaraciones irrespetuosas las del abogado Jeffrey Lichtman. Totalmente irrespetuosas hacia la institución presidencial.”
Claudia Sheinbaum no alzó la voz. Pero la gravedad con la que habló tenía el peso de una presidenta herida por una insinuación extranjera. Informó que el fiscal Gertz Manero emitiría un comunicado. Que el caso se aclararía. Que había reglas, tratados, mecanismos legales.
No quiso contestar si el caso Ovidio tensionaría la relación con Estados Unidos. Prefería no subir la temperatura. Pero ahí estaba la incomodidad. En el ceño. En la forma en que su mano se aferraba al atril. En la mirada que no se soltaba del frente, como queriendo sostener algo que se tambaleaba.
Prometió más seguridad para Sinaloa. Anunció la visita quincenal del gabinete de Seguridad. “Nunca vamos a dejar solo al pueblo de Sinaloa”, dijo. Y fue ahí donde su voz quiso tomar aire de consuelo.
—“Vamos a salir adelante. No nos pueden vencer. No nos van a vencer.”
Habló de un gobierno sin contubernios, sin complicidades. Como si respondiera a una acusación no dicha. Como si dijera: yo no soy como los de antes.
Al final, terminó la conferencia. Los funcionarios salieron en fila. Rocha Moya se frotó la frente. La secretaria Montiel revisaba su teléfono. El secretario Kershenobich recogía papeles. Y la presidenta, con los labios aún apretados, se fundió con la gente.
Salió al encuentro del pueblo. Porque allá afuera, bajo el mismo sol que derretía preguntas, la esperaba Culiacán. Con su aplauso. Con su reclamo. Con su historia, que no deja de escribirse.
