CLAUDIO DE LA PEÑA
Coatzacoalcos, Ver.– Una ciudad herida, ensombrecida por la violencia que no descansa ni de día ni de noche. Una ciudad que camina con la cabeza baja, los hombros encogidos, el alma alerta. Porque la muerte ronda y, en su paso, deja señales atroces. Degradación. Horror. Pedazos humanos como advertencia o castigo. Como mensaje, o sentencia.
En menos de 24 horas, dos torsos humanos han sido abandonados en distintas colonias de esta urbe del sur veracruzano. Dos mitades de hombre, sin rostro, sin nombre. Despojados de identidad, pero no del espanto que provocan. La brutalidad, otra vez, se impuso a la costumbre. La violencia, brutal, exhibicionista, desalmada, parece haber adoptado la rutina de dejar su firma en las banquetas, entre los escombros, frente a las paradas de camiones donde niños, mujeres y trabajadores ven su día interrumpido por un estremecimiento que se queda en la piel.
El primer hallazgo —en la colonia Villas San Martín, el 12 de junio— parecía una ráfaga fugaz de barbarie. Pero apenas unas horas después, el 13, como si alguien quisiera subrayar su dominio, otro cuerpo cercenado fue descubierto. Esta vez, en la avenida Universidad Veracruzana, esquina con José Lemarroy, frente a una parada de transporte público en la colonia Santa María.
Ahí, entre los pasos apurados y las miradas que buscan distraerse en cualquier otra cosa, apareció una maleta verde, con el macabro contenido oculto dentro de una bolsa negra de basura. Un torso masculino. Otro más. Un testigo del espanto que no tiene voz, pero grita.
Vecinos hablaron con voz temblorosa, bajita, pero clara: “Queremos vivir. Queremos paz. No queremos más de esto.” Pero los elementos de la Policía Estatal, la Guardia Nacional y los peritos de la Fiscalía llegaron solo para hacer lo de siempre: acordonar, levantar, archivar. Y en esa inercia, en ese “protocolo”, la sangre se hace cotidiana y la muerte, paisaje.
Nadie sabe —o dice saber— si los torsos pertenecen al mismo cuerpo. No hay nombres. No hay rostros. No hay culpables. Solo maletas, bolsas, y una ciudad que aprende a esquivar la mirada.
Coatzacoalcos —antiguo emporio petrolero, patria del sol y del mar— es hoy un laboratorio del miedo. La impunidad fertiliza la saña. La crueldad se vuelve paisaje. Mientras tanto, la autoridad balbucea palabras. La Fiscalía “continúa con las investigaciones”. La gente continúa con su temor.
Porque en el sur de Veracruz, el horror ya no avisa: aparece.
Las hieleras, el mensaje y el espanto
En Veracruz, la hielera ya no es símbolo de frescura. No guarda cervezas. Hoy hiela el alma.
El 8 de abril, una fue hallada en plena vía pública. Dentro: una cabeza humana. Afuera: un narcomensaje. La escena, brutal y precisa, fue leída como se leen las señales del poder: con atención y miedo.
Rocío Nahle, gobernadora y conocedora de los entresijos políticos y energéticos, no necesita que le expliquen lo que eso significa. Huachicol y Cártel Jalisco Nueva Generación. Es un idioma que ella entiende.
Los cuerpos no hablan, pero dicen todo. Veracruz ha sido obligado a aprender esa lengua criminal: desmembramientos, decapitaciones, advertencias en cartulinas plastificadas.
El portal Distrito Rojo lo resume con puntería: “En Veracruz, este tipo de mensajes se han vuelto parte de un lenguaje criminal que busca infundir miedo, marcar territorio o ajustar cuentas”. Y en ese diccionario del terror, las hieleras no son una novedad, sino un renglón más en la rutina de la sangre.
La fiesta de los delincuentes no se detiene. Corre con el ímpetu de quien sabe que la ley está ausente o, peor, de su lado.
Un día y medio después —10 de abril—, otra hielera. Esta vez bajo el puente de La ICA, entre Minatitlán y Cosoleacaque. Allí, los brazos, piernas y torso de un hombre. Un taxista, dijeron después, reportado como desaparecido en el municipio de Soconusco. Su nombre no fue noticia. Su desmembramiento, sí. El cuerpo fragmentado como resumen de un Estado hecho pedazos.
Y mientras tanto, las autoridades callan o titubean. ¿Dónde están los helicópteros, los rondines, los retenes? ¿Dónde la promesa de paz? La realidad corta la respiración: los criminales desfilan por Veracruz con más impunidad que los candidatos, y las hieleras son su propaganda. La gente, silenciosa, ya no pregunta por justicia. Pregunta si mañana será su turno.
