Xalapa, Ver.- Nueve cadáveres salieron del penal de Tuxpan. No por libertad, sino porque la violencia volvió a imponerse entre muros, candados y torres de vigilancia. El motín del 2 de agosto dejó un rastro de muerte que hoy la Fiscalía de Veracruz confirma con cifras y nacionalidades.
Verónica Hernández Giadáns, fiscal general del estado, habló sin rodeos: siete murieron dentro del Cereso, dos más no resistieron en hospitales. Entre ellos, cinco hombres guatemaltecos que llegaron buscando otras rutas, pero terminaron encerrados en Veracruz.
Cinco cruces llevarán bandera de Guatemala. Desde que se supo su origen, la Fiscalía tendió puentes con el Consulado en Acayucan para avisar a las familias y preparar la entrega de los cuerpos.
El cónsul guatemalteco y la fiscal se verán las caras esta semana. La cita, prevista para el miércoles 13 o jueves 14 de agosto, servirá para que las autoridades de aquel país escuchen cómo la violencia se filtró en el penal de Tuxpan.
Los nombres comenzaron a salir a la luz: Elmer Leonel López López y Edgar Estuardo Alejaban Lacan. Ambos venían de la Aldea El Pilar, municipio de La Democracia, Escuintla. Allá, la noticia viajó más rápido que cualquier comunicación oficial.
Elmer había sido detenido en enero de 2025. Portación de armas y drogas, el cargo. No imaginó que su encierro terminaría con la etiqueta de “víctima de motín”. Entre gritos, humo y golpes, su historia quedó sellada en la lista de los nueve muertos.
Internos hablan de riñas previas, de grupos que ya tenían cuentas pendientes. La versión oficial apenas roza la superficie; adentro, las causas huelen a control, a territorios invisibles, a negocios que se quiebran con sangre.
Guatemala espera respuestas. En la frontera, las familias preguntan cómo fue que sus hijos cruzaron para acabar así: con un ataúd cruzando de regreso por la misma ruta que un día caminaron libres.
Las autoridades de Veracruz aseguran que el caso está en investigación. Prometen castigos, revisiones y reforzar la seguridad. Adentro del penal, los sobrevivientes saben que la muerte no se detiene con comunicados.
Testigos del motín aseguran que todo empezó con un enfrentamiento a golpes en uno de los pasillos. “Se oyeron gritos y luego balazos”, contó un interno vía telefónica, bajo la condición de no revelar su nombre.
Familiares en la puerta del penal escucharon la noticia como un golpe seco. Algunos llegaron desde Guatemala apenas el año pasado para visitarlos. “No nos dijeron nada, sólo que estaba muerto y que teníamos que esperar”, reclamó una mujer con voz quebrada.
Silencio es lo que queda tras los muros. Adentro, nadie sabe quién será el próximo. Afuera, las madres se abrazan fuerte, como si con eso pudieran evitar que la violencia les arrebate otro hijo.
