La operación es constante, sistemática. De una parte, se lleva a cabo la mayor concentración del poder de que tengamos memoria, al menos desde el gobierno de Díaz Ordaz, punto de inflexión del imperio del PRI. Todo en nombre del “pueblo”. De otra, se cancela desde el poder a periódicos y medios de comunicación, a exconsejeros del INE —a los que se quiere arrinconar contra las rejas penales—, a críticos y periodistas independientes, a quienes organizan grupos, partidos y movimientos independientes. Todos los demás están fuera del “país más democrático del mundo”.
La posverdad es eso: el secuestro del reconocimiento de los hechos como para expulsar de la esfera pública todo juicio adverso que se base en la búsqueda de la verdad como requisito de toda construcción democrática. No, México no es “el país más democrático del mundo”, sino el país de la inclusión condicionada en la nómina de las propinas a la obediencia al poder, del regreso de los ciudadanos a la condición de súbditos sumisos, de la pérdida de los derechos humanos, del monopolio del poder. El deseo más hondo del bloque dominante es la totalidad sin fisuras, sin manchones disidentes en el espejo en que se mira.
Investigador del IIS-UNAM @pacovaldesu
EL UNIVERSAL
