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A partir del primer minuto de este sábado 1 de diciembre los veracruzanos estrenamos gobernador. Y lo haremos en un clima de gran expectación y optimismo ante la llegada de los nuevos vientos que todo cambio trae consigo, pero sobre todo porque el ideario, oferta política y el programa de gobierno que se anuncia representan una bocanada de aire fresco luego de catorce años de administraciones marcadas por una visión patrimonialista del poder, de negocios y corrupción, que llevaron a Veracruz a una profunda y grave crisis en todos los órdenes que llevara muchos años remontar.

La renovación de la esperanza sexenal de los ciudadanos deberá corresponderse con una renovación en las prácticas y estilos de hacer política, con un cambio diametral del estilo de gobernar. Así lo ha ofrecido Cuitláhuac García Jiménez, todos los militantes del Movimiento de Regeneración Nacional con cargos de representación popular, lo mismo que quienes formarán parte del equipo gobernante. Confiamos en que se cumpla la palabra empeñada porque el clamor por un auténtico cambio en Veracruz es enorme.

La sociedad quiere un gobierno austero, honesto, con verdadera visión del servicio público, en el que el compromiso social, la tolerancia, el diálogo respetuoso y la búsqueda de acuerdos sin excluir al otro, sean instrumentos cotidianos para el ejercicio de la política.


 

Demandan un gobierno de descentralización política y administrativa, de puertas abiertas, transparente y sin simulaciones, que propicie de verdad la participación de la sociedad en los asuntos públicos.

Nos urge contar con un gobierno en el que nadie esté por encima de la ley, en el que la vigencia plena del derecho no admita excepciones, arreglos en lo oscurito o la famosa justicia y gracia para los amigos, los compañeros de partido o los cercanos al círculo del poder.

Una administración que se aboque a restaurar el tejido social y garantizar seguridad a todos los veracruzanos; que combata la impunidad y rompa el círculo de complicidades entre el crimen organizado y políticos ambiciosos y sin escrúpulos que han abonado a la descomposición, al quiebre de la convivencia y a que Veracruz se convirtiera en un camposanto, con un espantoso baño de sangre y violencia que se expresa de manera desgarradora en el tema de los desparecidos que enluta miles de hogares en nuestro estado.

Ya desde su triunfo en las elecciones del pasado 1 de julio el nuevo mandatario ha venido anunciando que vendrá un cambio profundo para la entidad y que esta transformación precisa de la participación de los ciudadanos. Tomémosle la palabra y hagamos cada uno nuestra parte en esta tarea. Una sociedad demandante y actuante es la mejor manera de que este prometedor inicio de gobierno sea una constante en los próximos seis años: un gobierno cercano a la gente, eficaz, transparente y de auténticas manos limpias.

Porque si algo agravia a los ciudadanos, daña al tejido social y dinamita la legitimidad de las instituciones es la corrupción de los políticos. Si algo ha dañado a Veracruz es el altísimo grado de corrupción que ha sido la constante en las administraciones de Fidel Herrera, Javier Duarte y Miguel Ángel Yunes Linares.

Esa es ahora una de las principales tareas que tiene frente a sí la nueva administración. El principal reto del gobernador Cuitláhuac Jiménez será la reconstrucción de la credibilidad.

Bienvenida la transparencia y rendición de cuentas que se anuncia. No más funcionarios con aires de aristócrata que crean que les hacen un favor a los veracruzanos al ocupar los cargos públicos. No más salarios estratosféricos, compensaciones millonarias, ni el uso de bienes públicos, vehículos o helicópteros oficiales para viajes de placer. Disciplina presupuestal y honestidad en el uso de los recursos gubernamentales es una exigencia ciudadana a la que se debe y puede dar respuesta.

Esperamos una gestión en la que la eficiencia y modernidad burocráticas partan de una reingeniería del aparato administrativo que elimine estructuras inútiles, que duplican o triplican funciones, creadas las más de las veces para dar acomodo a los cuates, para contrapesar o apuntalar a un funcionario ineficaz o para contar con más estructuras administrativas desde las que pueden hacerse negocios o meterle la mano al cajón.

Un gobierno que consolide los mecanismos de fiscalización y control, en el que la política financiera y la administración de los recursos sea transparente, moderna y eficiente, más profesional, en la que no quepan más los caprichos principescos, las obras suntuarias, los negocios al amparo de las obras públicas o el uso de recursos gubernamentales para campañas políticas, comprar voluntades o financiar proyectos sucesorios.

Una gestión marcada por la profesionalización del servicio público, por el desarrollo de un auténtico Servicio Civil de Carrera que asegure la estabilidad en la función, el mérito y una nueva cultura administrativa de servicio al ciudadano.

Una administración en la que la simplificación y la mejora regulatoria contribuyan al combate a la corrupción; una gestión que dé énfasis a la planeación estratégica para proyectar sobre bases reales el desarrollo regional a mediano y largo plazos.

Un gobierno que garantice el derecho a la información, que sea cercano al ciudadano, en el que los funcionarios no se encierren en sus oficinas, camionetas o entre sus escoltas. Un gobierno que no ponga vallas para impedir que la gente se acerque.

En suma, un gobierno de auténticos servidores públicos. Nada más, pero tampoco menos es lo que esperamos de ellos.

Llegó la hora de la verdad y a partir de este 1 de diciembre tiene la palabra Cuitláhuac García.

Llega al poder junto con el presidente más votado en la historia moderna de México, su mentor y compañero de partido, Andrés Manuel López Obrador, y sin duda, con sensibilidad y visión de Estado, tiene todo para lograrlo. Por el bien de Veracruz esperemos que así suceda.

 

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